Lo pregunta
– Esto es un internado -, le explico a Gaspar, mi hijo. Él tiene seis años.
– Antes vivían aquí más de cien estudiantes. Esas niñas y niños pasaban mucho tiempo sin ver a su mamá o a su papá. ¿Te los imaginas hijo? dormían en estas literas. Tenían estas repisas para guardar su ropa y sus cuadernos. En el salón del primer piso desayunaban y almorzaban todos juntos. Hoy tan solo quedan cinco internos: cuatro niños y una sola niña. Gaspar, ¿tú estudiarías internado?
Lo que imagina un padre
Cuando me imagino un internado, pienso en un sistema estricto y doloroso. Pienso en mis peores profesores como tutores de tiempo completo. Un verdadero infierno. Quizás imagino mal. Muchas películas. Quizás mis pensamientos son fruto de mi ignorancia o tal vez son secuelas del miedo que un día tuve al percibir la posibilidad de estudiar así, internado. Lejos de mis padres. Es que yo mismo fui un niño isleño. Es que mis padres pudieron haberme internado aquí mismo inclusive, cuando ellos fueron colonos. Por suerte mis abuelos maternos me recibieron en Puerto Montt.
Hoy, se me partiría el corazón al tener que dejar a mi hijo en un internado.
Lo que ve una profesora
El enorme internado de Isla Puluqui es un barco quieto y fantasmal. Veo literas y colchones vacíos. Este enorme espacio anacrónico es la metáfora de otros tiempos. Los motivos de la baja de internos son los mismos que en otros lados: Las familias están teniendo menos hijos e hijas. Los jóvenes isleños se van a la ciudad y ya no vuelven. Las familias buscan que los niños y niñas tengan una vida más urbana. Piensan la urbanidad como un lugar con mejores oportunidades. Prefieren que estudien en Calbuco con algún familiar.
Una profesora me contaba que había algunos estudiantes que se quedaban meses y que veían a sus padres solamente en vacaciones de invierno y de verano. No quise decirle que yo mismo viví esa quemante añoranza: la de un niño de seis años que piensa en volver al campo a ver a sus padres. Entrándole por fin a las vacaciones de verano. Superando el desafío más difícil y doloroso de todos: primero básico. Y navegar de vuelta a la verdadera patria que está en otro lugar. Porque la verdadera patria de un niño y de una niña es el lugar donde vive su madre y su padre. Nada más. Fuera de ese enorme cariño, todo es exilio.
La respuesta
Pienso en la luz entrando por las ventanas, la belleza de este internado de madera, tan vacío. Parece un barco que llegó desde lejos y ancló para siempre en el colegio el Sembrador de Isla Puluqui. Como si un internado fuese en realidad un lugar para que los profesores tengan la maravillosa oportunidad de convertirse en maestros y maestras. A lo mister Keating de la sociedad de los poetas muertos, O Captain! My Captain!
Veo con claridad a ese ramillete del internado escapándose por la ventana en una noche de luna llena para pescar robalos y leer poesía.
Desde el continente, nadie imagina siquiera que estos lugares existen y que son parte de la historia de nuestro sur. Alonso Tapia, cuando vino aquí, dijo que estos lugares están afuera de nuestra imaginación. Tuvo toda la razón. Me siento afuera, en un lugar que solo queda aquí y en mí.
-¿Te quedarías acá Gaspar? le vuelvo a preguntar a mi hijo de seis años.
-Sí- me dijo, sin ningún problema.
Lo que mi hijo se imaginó de este lugar es la utopía. Vio un espacio amplio, con personas cariñosas donde todos y todas pueden ser respetados y puedan crecer, jugar y ser felices junto a los demás, aun pasando períodos largos lejos de los suyos.
Más aún, me imaginó dejándolo a él en este lugar. El mejor de todos, claro que sí, no hay más.
Pero el internado es el Seno Reloncaví. El internado es la Región de los Lagos. El internado es el país entero y a ratos el internado está afuera de nuestra imaginación.
Debemos construir ese mundo amable para los que vienen. Debemos verlo.
Es un fundamento común de nuestro existir.